¿Alguna vez te has preguntado, qué hay de ti en tu forma de vivir?

Era el abrazo de dos personas que se conocían y se querían. Tanto como para que los brazos de ella encajaran hermosos bajo las axilas de él templando su pecho, equilibrando emociones. Tanto como para que ella doblara la nuca y acogiera entre su cuello y su hombro los aires de él, los de toda la vida.

La ciudad en la que vives es caótica en sus actividades comerciales marítimas. El agua que une a través de los puentes y los barcos. Los muelles de los engaños y las lenguas. Todos los andenes sirven para lo mismo pese a que, en cada puerto, nosotras seamos distintos.

Recuerdo la mañana de mi llegada. La esperanza que deposité en tu voz cálida y tus gestos amables. Supe que me podía fiar de ti. Me lo dijeron tus zapatos. Tacones en tiempos de guerra ¿A quién se le ocurre?

Ya en el cuarto de baño, apoyadas sus dos manos en la taza del inodoro, observó los trocitos de dátil al fondo del váter. Se metió los dedos un par de veces más apenas se acordó de los tres pasteles que había comido y se preguntó por qué lógica, el postre siempre era lo último en vomitar.

Convertiste tu historia personal, en un hecho. Olvidaste que no era más que un relato que te constaste a ti misma en un instante de indefensión.

Me enseñó quiénes somos cada uno, que todo en lo que no te pareces a mí, me parezco yo a ti, y así hasta el infinito.

Convirtieron el movimiento en un problema. Olvidaron que nos movemos porque estamos vivos. Olvidaron que estaban vivos.

Vivía temiendo la vida, porque temía la muerte, como si morir no fuera solo cambiar de forma y cruzar al otro lado, igual que la vida.

Los domingos al mediodía, la orina de los perritos olía más fuerte que el resto de la semana.

Ella le dijo que las cosas en el mundo estaban feas, tan feas que ellos tenían la obligación de amarse como supervivientes de un holocausto emocional. Habitantes de un país sin mirillas.  Él contestó que la belleza estaba llena de imperfecciones, tantas que ellos tenían la obligación de separarse como supervivientes de un holocausto emocional. Habitantes de un país de puertas abiertas.

Ella le dijo que las cosas en el mundo estaban feas, tan feas que ellos tenían la obligación de amarse como supervivientes de un holocausto emocional. Habitantes de un país sin mirillas. Él contestó que la belleza estaba llena de imperfecciones, tantas que ellos tenían la obligación de separarse como supervivientes de un holocausto emocional. Habitantes de un país de puertas abiertas.

Ese tipo de demandas prohibidas, como los secretos de familia que se instalan en cómplices silencios generación tras generación.