Conocía muy bien lo que significaba no beber un buen café con leche ni leche ni café; racionar el tabaco y sus restos, aborrecer la pasta cocida con agua, el chorro de aceite en el salteado de orégano y el pan. El pan para engañar la mente.  Aprendió que comerlo solo y a solas provocaba un sabor amargo en el estómago; que el arroz blanco no siempre resultaba diurético; que el cuerpo metaboliza más de diez huevos a la semana; que el aceite, la leche, la bombona de gas, la pasta, el arroz, la cebolla, el ajo, la crema de dientes y el papel del váter tampoco eran tan necesarios. Se terminaban los víveres que, protagonistas, sólo dejaban la confianza en que el cuerpo, tan sabio, encontraría los beneficios acumulados de las frutas y las verduras con las que su madre alimentó su infancia.  No se asustaba cuando no quedaba nada que llevarse a la boca. Comenzaba comiendo lo que le gustaba y terminaba hirviendo agua para alimentarse de infusiones con azúcar. El azúcar, sin una explicación lógica, nunca se acababa. En esos periodos que se negaba a tachar de hambre y pobreza, el joven tenía muy claro la distinción entre lo básico y lo necesario.