Y sí, en efecto, podía haberles contado que esta hija no tenía planes porque no había nada que quisiera hacer. Que le dolía el corazón porque no hallaba un lugar donde las cosas cambiasen; que pudiera ser que en realidad no le ocurriese nada; que se avergonzaba de saberse mal sabiendo que en el mundo había personas que tenían problemas mucho más serios, que eso también la convertía en una egoísta a sus propios ojos. Que temía ser una de esas personas sin diagnóstico que se quejaba porque no le faltaba de nada; que estaba cansada, triste, confundida y que no sabía por qué.  

Pudo decirles, con la mano en el corazón, que su único plan a largo plazo era encontrarse mejor. En cambio, miró a su padre, que continuaba con esa infeliz sonrisa de felicidad que a veces odiaba y a veces compadecía. Miró a su madre masticar e intentar sacar el máximo provecho al jugo de la combinación de cogollo y ventresca, y no dijo nada.  A punto de llegar la carne, la hija observó el reflejo de los tres tristes tigres sobre el cristal del escaparate del restaurante, con el único consuelo de no haber dicho una sola palabra acerca de sí misma.