Apenas cumplí los nueve años,con mis nuevas gafas, mi madre me llevó con ella a un centro comercial. No la había contado la vergüenza que me daba tener que utilizarlas, ni mucho menos la separación que sentía desde entonces con el resto del mundo. También con ella. Dejé de mirar de frente y opté por mirar de lado, desde abajo hacia un lado, igual que haces tú cuando algo te intimida. En la planta cuarta, ella paró y yo aproveché para separar los talones del suelo y sacar la cabeza por encima de los carteles que ofertaban todas esas cosas innecesarias que prometían una vida mejor. Detrás de uno de los mostradores, pude ver al chico malo de la clase con quien había empezado a fumar, iniciando uno de mis caminos adolescentes. Y me quité las lentes, y alguien me empujó y mi madre me soltó. Caí al suelo y, desde ahí, busqué mis lentes entre la ropa y las perchas, entre las suelas de zapatos baratos y sucios cuyos dueños no se preocupaban de pisarme a mí tampoco. Las imaginé destrozadas entre los huecos de los escalones de las escaleras mecánicas, y me aturdí.

Yo juraría, que no me moví de aquel sitio, tal y como me habían enseñado los adultos que tenía que hacer, si algún día me perdía. No moverme. Dibujé un círculo alrededor de mis pies y no me salí de él. Pero nadie me encontró.