Me reí como una loca pensando en la posibilidad de que tuvieras razón, de que tal vez esta fuera la orilla desde la que poder comenzar algo nuevo. Podía ver los reflejos del sol sobre las burbujas de oxígeno que generaban los peces, salpicando la superficie del mar y el contorno de tu cuerpo. Tras un velo de tul, podía intuir también dónde terminaba el planeta tierra y dónde comenzaban los acantilados. Yo te comprendía, te comprendía porque estas son las cosas que ocurren cuando nos sentimos desesperados. Ocurre que somos capaces de encontrar el sentido de toda una vida en el simple e inabarcable reflejo de la luz de una estrella del atardecer sobre un embarcadero. Y sentirnos reconfortados.