Cuando tenía nueve años,mi madre descubrió que no veía bien de lejos y me compró unas lentes con cristales para muchas dioptrías. Me convertí en una niña con gafas y, por primera vez, me distinguí del resto. Hasta aquel entonces, había vivido en un equilibrio de capacidades intelectuales, artísticas y sociales en el que lo bueno se compartía y lo menos bueno se dejaba olvidado en las últimas filas de los pupitres. Desde aquel fatídico hecho, mi mundo no volvió a ser el mismo. Pude ver cómo las personas comenzaban a distanciarse unas de otras, y yo arrancaba a caminar por los espacios que se creaban entre todos ellos. Tuberías y catacumbas llenas de miedo. A criterio de todos, pero sobre todo ante el mío propio, me convertí en una niña con gafas cuyos cristales se empañaban la mayor parte del tiempo e inicié la búsqueda desesperada por la aceptación, en la dirección equivocada.