Cuando te argumenté mi decisiónde salir dos días de casa para cambiar de aires y descansar, tú sabías que no te decía toda la verdad. Saltaste de puntillas entre mis palabras para que fuera fácil mentirte. Hablamos de los lugares comunes que en realidad no nos pertenecían a ninguna. Dibujamos atajos con los temas que se supone deberían importarnos: el amor en las relaciones de pareja, las madres a las que hay que querer, la familia, las navidades. Hablamos de los hijos no nacidos, del planeta que envejece y de los estudios terminados; de los trabajos mejor o peor pagados y de todas esas cosas que nada tenían que ver con nuestros sueños. Las dos muy correctas en nuestro rol de mujeres educadas para tratar diferentes temas de conversación, con sentido de la estética. En realidad, eso fue lo que nos unió apenas nos presentamos, nuestra lealtad a los escenarios bellos. En aquel primer almuerzo, interpretamos de manera sobresaliente la lección delsaber estar.

– ¿Qué tal?

– Bien. 

Yo hablaba de la gente. La gente dice, la gente cree, la gente hace, como si yo no fuera gente.