Media vida para construirse y otra media para des-construir-se. Cada vez me cuesta menos entenderlo pese a que, cambiar las creencias de siempre lleva su tiempo, no te creas. Media vida comparándome: Más alta, más baja, más rica, más pobre, más cariñosa, más fría, más mujer, más hombre y así hasta el infinito. Y aunque en estas comparaciones con los otros casi todas las veces pierdo yo, reconozco que, a veces, también salgo reconfortada. Como una yonqui, me engancho a una cierta manera de ver las cosas y, aunque la mayor parte de tiempo lo pase bailando la danza del muerto, cada vez que me chuto con pensamientos de un futuro mejor, me convenzo de que vale la pena seguir así. Y por mucha teoría que haya aprendido acerca de lo limitado de mi pensamiento, la práctica es siempre otra cosa. Tiene que ocurrir algo que no esperas, algo que te dé tal bofetada que te instale en el presente. Lo más curioso de todo es que lo que sea que te abofetee, siempre que tengas esa suerte, será algo muy simple, casi ordinario: el reflejo de un espejo, una canción, una parada en un andén.