Sólo había un instante al día en el que la capital del reino se permitía ser ella misma.  Sucedía durante la madrugada y apenas duraba un suspiro, el tiempo de acariciar el lomo de las aves que asumían una misión. Madrid tenía los ojos color ala de mosca sobre profundas ojeras violetas, el cabello largo y rizado, la tez morena, la piel ajada y las manos de organista, pero no siempre fue así. Sus habitantes creían que poseía una enorme capacidad para adaptarse a los nuevos tiempos, quizá por eso nunca se habían preguntado por su verdadera esencia. Creían que la ciudad era ellos.  En cambio, Madrid era delicada, tímida, coqueta y dueña de una inmensa capacidad de ilusión.  A menudo se posaba sobre los hombros de sus ciudadanos con la esperanza de recibir un cumplido, una caricia, un pequeño reconocimiento a su nuevo ritmo de vida porque lo cierto era que, desde hacía más de una década, la ciudad estaba exhausta de nadar a contracorriente.  Pero nada, en el mejor de los casos, los elegidos tan solo elevaban la vista al cielo. No eran capaces de transmitir lo que pensaban. Cáncer de garganta. Entonces la ciudad jugaba al despiste con todos ellos. Abría sus alas verdes y dejaba a sus hijos a merced de sus propias carencias. La experiencia le decía que, más pronto que tarde, las aguas volverían a su cauce. Aquella noche, la ciudad alargó el turno de vigilia de los búhos. Era el momento de hacerse la muerta sobre la bahía, los ríos y las charcas de las cloacas de la capital. Desnuda, boca arriba, con los ojos bien abiertos, aguardó la llegada de alguien que la quisiera por lo que en realidad era, alguien tan generosa como ella.  A esas horas de la madrugada, las lágrimas nostálgicas de la ciudad desinfectaban una mañana más, las grandes avenidas aún convalecientes de operaciones de tetas grandes y labios de silicona.