Podía hacer lo de siempre. Comer los cuatro pasteles y matar con estocada. Otro atracón en la nevera, más queso, galletas, más pasteles. Y luego, luego vomitarlo todo.  Pero aquella tarde, había ambiente de lucha antes de la sentencia. Cogió uno de los pasteles, observó su textura, el bizcocho, la crema, la pastilla de chocolate y la nata.  Un segundo, dos segundos, tres segundos y el pastel ya estaba en la boca.  Masticó, masticó, masticó, masticó mientras el hombre azul gritaba y gritaba y gritaba. Masticó y se levantó hacia el balcón. Masticó y le miró; masticó y le saludó; masticó y le sonrió; masticó y regresó a sentarse; masticó y se recogió el pelo en una coleta.  Y masticó, masticó, masticó.  Masticó y entreabrió la boca. Masticó.  Sus ojos sobre la bandeja.  Masticó. Masticó y sin tragar una sola pizca de saliva devolvió a la bandeja, muy despacio, el pastel masticado de su boca. Desconceptualizado.  Era la primera vez que peleaba contra la zorra de cola larga. Era la primera vez que ganaba.