Solía decir que su padre era el inventor de una unidad móvil con la que se desplazaba por el mundo a los lugares que requerían ser reinventados. Capaz de crear lagos transparentes en pleno desierto y dar luz donde las noches eran negras. Sus continuas historias acerca de sus hazañas generaban una envidia infantil entre los niños con padre, pero sin ese espíritu de Robin de los bosques que el huérfano transmitía cada vez que hablaba del suyo.  Aprendió a no echar en falta a alguien a quien tanto necesitaban en otros lugares tan alejados de él, pero conforme fue sintiendo la tristeza de su madre, se fue apartando de la idea de defender nobles causas para acercarse más y más al trono de los abandonados. Despacito, tan despacito que cuando llegó, creyó que ya había llegado.