Los viejos de la ciudad se han levantado temprano ante la inminente llegada del invierno y han recuperado de los altillos del armario las zapatillas de abrigo: suela de goma y el interior de sintética piel de oveja. Como en todos los finales, la muerte del otoño es precedida del instante en el que sólo había lugar para el recuerdo más bello de la estación, el lampo mortis. El viento abandona la brisa, los colores ocres definen sus gamas, las mujeres cubren sus cabezas con sensuales sombreros de lana. Se embadurnaba la piel de los zapatos. Las ancianas de la ciudad cruzan los semáforos con cálidos rubores sobre sus mejillas. El aire frío tersa la piel de rostros recién lavados; los chuchos corren en graciosos saltitos; reaparece la melodía del claxon tiritante; las esquinas desinfectan la orina con agua del canal; los jóvenes fuman serenamente; los negocios huelen a incienso de lavanda y crecen los niños nutridos de plátanos y York. Los días azules se alimentan, hambrientos, de noches marinas y palpitaban los corazones ante un futuro nuevamente incierto. Es tiempo de bombón helado y chocolate caliente.