Te has muerto en el Gran salón, y te has muerto de repente, como cuando me enciendo un cigarrillo y la llama de la cerilla me chamusca las pestañas. Yo sigo aquí, dentro de la misma casa húmeda, vacía y tirada a la orilla de este puerto sembrado de grúas gigantes y oxidadas que tú te has empeñado en amar. La muerte ha llegado en un sueño tan breve como intenso. Acostumbrada a tantas imágenes de caos y dolor, el silencio distinguido con el que te ha llevado me ha estremecido tanto o más que el tuyo. Tal vez, haya un tipo de deceso para cada vida que proyectamos o quizá la muerte con la que se comercializa no tiene nada que ver con ella. O puede que llevara tanto tiempo aquí, entre tú y yo, que no he sido capaz de darme cuenta de su presencia hasta este momento en el que te miro e intento dar sentido a este puente en el que nos hemos encontrado y en el que confundo los límites entre la realidad y la ficción.